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martes, 7 de enero de 2014

Reseña - Nekromanteia



Una atmósfera opresiva, un mundo desesperanzado, un protagonista obsesionado con su novia muerta… A grandes rasgos, esto es lo que encontraremos en las páginas de Nekromanteia – Rituales de los muertos, de Daniel P. Espinosa. Una novela que mezcla el género negro, la fantasía y el terror, ofreciéndonos seguir la inaudita búsqueda que emprende Etham Loss, un nigromante desencantado con la vida y con la muerte, en pos del espíritu de su amante.

El autor realiza una arriesgada apuesta colocando como protagonista absoluto a Loss, pues de ninguna manera encaja en el perfil de héroe (ni siquiera en el de antihéroe), aunque admito que a mí personalmente me atraen mucho las obras que se salen de lo habitual, tanto en literatura como en cine. De todas formas, aunque nuestro desprecio por él no se vaya reduciendo según avancen las páginas, es probable que sea uno de los personajes más agradables en esta historia…

En cuanto al entorno, nos hallamos inmersos en una ciudad que mezcla elementos comunes del mundo real con criaturas extrañas, mágicas y, por norma general, malvadas. Me atrevería, no obstante, a decir que esta lectura gustará más a los amantes del género negro que a los del terror, a pesar de que toda la trama está inmersa en (y dependa de) lo sobrenatural.

Cabe destacar, por último, la extensa labor de documentación que Espinosa ha realizado para llenar de verosimilitud hasta el último encantamiento o invocación que aparece en este libro, y que podéis escuchar de sus labios en las múltiples entrevistas radiofónicas en las que ha participado (yo tuve la suerte de escucharlo “en vivo”, durante una presentación).


¿Recomendable? Sí, sin duda.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Relato - El miedo y la muerte

(To read this story in english, click HERE / Para leer este relato en inglés, pulsa AQUÍ)

Puede ser que todo ocurriera de golpe, sin avisar. Quizá fuera un proceso de semanas, o incluso de meses. La verdad es que yo, al menos, no lo sé. 

Llevaba casi dos semanas recluido en casa, la mayor parte de ellas por culpa de un esguince que me hice mientras jugaba un partido de fútbol; un pequeño tropiezo que me supuso diez días de descanso, lo admito. Disponía de suficiente comida como para no tener que pedirle a ningún vecino que me trajese algo, y tampoco contacté con mi escasa familia en pos de que no se preocuparan por mí. 

Apenas encendí la televisión en ese tiempo, ni tampoco la radio. Preferí leer, descansar y seguir escribiendo una pequeña novela que había comenzado varios años antes. Mi casi total aislamiento no me permite discernir el origen de aquel mal que se iba extendiendo con mayor rapidez que la mítica peste negra. 

Recuerdo haber escuchado el fragmento de una noticia que ya hablaba de eso. No presté mucha atención, claro. ¿Quién lo hubiese hecho? 

Oigo cómo golpean y arañan la puerta de entrada con un ansia inhumana –pues nada humano existe en las criaturas que se encuentran al otro lado–, gritando, gimiendo…, deseando convertir mi cuerpo en un amasijo de carne, sangre y huesos. Casi quisiera que lograran atravesarla y me alcanzasen.  Así la angustia acabaría. 

Por un instante, el teléfono parece emitir un breve sonido, como si en cualquier momento alguien fuese a llamar. Pero no sucedería; las líneas telefónicas y eléctricas hace dos días que no funcionan. 

Soy un cobarde, lo admito. De no serlo, ya me habría cortado las venas con un cuchillo de cocina, o me encontraría colgando de una soga en el salón. Aunque estoy convencido de que, si tuviese alguna pistola, me habría volado ya la tapa de los sesos. 

La puerta cruje, aparentemente incapaz de soportar durante mucho más tiempo el envite de las abominaciones. Quiero que todo acabe. 

Entro en el baño y pongo el pestillo. No es que sea una formidable barrera, de eso me doy cuenta. Miro a mi alrededor, buscando algo que me sirva para huir… de una forma o de otra. 

Y no hay nada. 

Cruzan la entrada, buscándome. Olisquean el aire, como perros de presa, y no tardan en llegar ante la débil barrera tras la que estoy. Sé que me quedan segundos. 

La puerta estalla. 

Cuando los veo, todo llega a mi mente de golpe. Hace dos semanas desde que me encerré en casa, sí… Y hace dos semanas desde que morí. Luego, como tantos otros, regresé a la vida –o a algo muy similar– e intenté retomar mi rutina. Ojeé libros que no podía leer, escribí garabatos en lugar de palabras, y lloré sin lágrimas por mi humanidad perdida. 

Si fue el hambre, la desesperación o la soledad lo que me hizo olvidar todo, eso no sabría decirlo. La realidad –mi percepción de la realidad– se alteró tanto que veía a los hombres como monstruos, y a los monstruos, a mí, como hombres. 

Me parece reconocer al individuo que encabeza la comitiva: Thomas Yeats, del cuarto.  Lleva un hacha cubierta de sangre, que levanta sobre mi cabeza. Todo va a terminar, por fin. 

–Gaaaaah… –digo, en un inútil intento de agradecer su inminente acción. 

El hacha cae. Mi cráneo se parte en dos, y yo estoy muerto –definitivamente muerto– antes de tocar el suelo. 

Ya no tengo miedo.

jueves, 24 de octubre de 2013

Reseña - Orilla intranquila

VBEl exitoso escritor Víctor Blázquez (creador de El Cuarto Jinete y de su secuela, además de estar presente en diversas antologías) presentó hace unos días su última novela, Orilla intranquila. En esta ocasión, el autor deja aparcados los zombies para narrarnos una historia con el trasfondo de una invasión espacial.

Poco contaré sobre ella, pues el propio autor no es proclive a hablarnos en profundidad de la narración, para no “chafarnos” la lectura. Y no voy a hacerlo yo, claro. Veamos cómo soy capaz de reseñar este libro sin irme de la lengua…

orillaInEn primer lugar, y al igual que ya lo hizo en El Cuarto Jinete, Blázquez crea un narrador que se dirige directamente al lector. Eso sí, al contrario que en esa novela, tanto el narrador como el propio lector forman parte más o menos activamente del relato. Una historia de miedo y de superación, de huidas y de enfrentamientos, de verdades y de mentiras; las reacciones e interrelaciones en un mundo en guerra.

Llama desde el principio la atención el orden inverso de numeración en los capítulos, pues la novela comienza por el treinta, y va decreciendo. Una cuenta atrás hacia el presente, que da un toque de tensión añadida a la narración.

La diferencia de tamaño entre sus obras anteriores y ésta (que, sin ser pequeña, es sin duda la hermana menor) no hace que su lectura sea menos entretenida. Tiene la longitud que debe tener. Por lo demás, si ya habéis leído a este autor, y os gusta cómo cuenta las cosas, Orilla intranquila no os defraudará.