Durante once días (desde hoy hasta el 17 de mayo), podremos disfrutar de un evento que conjuga varias artes (y artistas) en Valencia, el Primer Certamen Liter-Arte.
Este evento multidisciplinar se realizará en El Mandinga (c/ Rascaña, 26, cerca de la parada de metro Túria), y contará con firmas de libros, representaciones teatrales, música, charlas, degustaciones de vinos y varias cosas más que, de estar en Valencia, no deberíais perderos.
A continuación, el programa:
El viernes 16 y el sábado 17 (último día), podréis encontrarme por allí hablando de temas como la autoedición y la distribución, la caracterización de personajes o la creación de una novela de crímenes. Por supuesto, será un placer dedicaros vuestros ejemplares de Los crímenes del ajedrez o La amenaza que llevéis (también podréis adquirirlos en la feria), así como de cualquier antología de relatos en la que participe, como Sugiéreme o El hombre eterno y otros once relatos. También es vuestra oportunidad para comentar cualquier cosa que os haya gustado o disgustado sobre ellos, invitarme a un café o darme un zapatazo ;)
¡Allí nos vemos!
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lunes, 5 de mayo de 2014
sábado, 26 de abril de 2014
Relato - Inmortalidad
Sé quién soy. Mi nombre es Walter James Montgomery. Nací en
Norfolk, Nebraska, el siete de abril de 1970. He llevado una vida bastante
tranquila, intentando no molestar a nadie, mientras trataba de cumplir los
objetivos que me iba proponiendo en la vida, que tampoco eran demasiado
ambiciosos. Me casé hace casi veinte años con mi novia del instituto, Mary Ann,
y tenemos dos preciosos hijos.
Yo… sabía quién era. Y, de repente, todo cambió.
No me llamo Walter, ni nací en 1970. Jamás he pisado Norfolk,
ni me he casado, ni he tenido descendencia.
Una vez escuché (no, no lo hice, en realidad) una reflexión
que me produjo cierta angustia: «¿y si el mundo no existe? ¿Y si todo es un
sueño?».
El mundo, mi mundo, es un sueño. Lo más aterrador, sin
embargo, es que no soy yo el que está soñando. Tan solo formo parte de un
elaborado escenario surgido de la mente de alguien; de una persona que está a
punto de despertar y, cuando abandone el mundo onírico, todo se esfumará para
siempre.
Si lo piensas bien, es peor que la muerte. Nadie llorará por
mis hijos ni por mi esposa; nadie recordará siquiera que existieron, que hemos
existido, que teníamos sueños, esperanzas e ilusiones, que sentíamos el ansia
de vivir, que sufríamos y que disfrutábamos.
Que éramos reales.
Aunque mi vista se nubla, soy consciente de cómo todo
desaparece ante mí. Mi propia mente no es capaz de retener las imágenes de mi
vida. Cada vez me cuesta más recordar dónde o cuándo nací, o si tengo familia.
Siento un fuerte dolor en la cabeza, como un picoteo que aumente en intensidad
y me hace acabar de rodillas sobre el frío suelo.
No sé quién soy. No sé quién era. La misma realidad parece
rasgarse, partirse en dos, y alcanzo a vislumbrar otro mundo. Las trompetas del
apocalipsis retumban en mis oídos, y sé (lo sé) que todo ha llegado a su fin.
Sé quién soy. Mi nombre es Laura Escudero. Nací en Madrid
hace veintitrés años. Siempre he querido ser escritora —incluso sin tener del
todo claro qué significa serlo— y, por fin, tengo una historia que quiero
contar. Que necesito contar.
Apago el despertador y salto de la cama en busca de un
cuaderno y un bolígrafo. He de darme prisa y escribir antes de que se
desvanezca de mi mente. Contar la historia de Walter James Montgomery, de
Norfolk, Nebraska.
Un efímero sueño está a punto de alcanzar la inmortalidad,
negro sobre blanco.
lunes, 7 de abril de 2014
Opinión - Microteatro
Aunque ya había escuchado esto del microteatro, hasta hace
unos pocos días no me decidí a asistir a una de estas cortas funciones. ¿Cuál
fue mi impresión? En estas líneas intentaré explicar, lo mejor que pueda, qué
me pareció.
Lo primero que me llamó la atención fue la increíblemente
alta afluencia de gente, máxime teniendo en cuenta que la capacidad de cada una
de las cuatro salas no era muy superior a las diez personas. Bien es cierto que
se realizaban seis funciones consecutivas.
En fin, que pago los cuatro euros, y ya tengo mi entrada.
¿Ahora qué? Dada la alta afluencia de gente, y la necesidad de tener que
esperar hasta que avisaran de la función en la zona de la entrada, lo primero que
tocaba era pasar calor y un cierto agobio. Bueno, bien, solo son diez minutitos…
Por los altavoces se escucha la llamada para los
espectadores de la sala 3. Nos ponemos en movimiento, descendiendo las
escaleras y, tras pasar junto a dos salas más (lo admito: las cortinas que se
encontraban en el exterior y lo angosto del recorrido me hicieron pensar en
burdeles, o en fumaderos de opios en la Inglaterra Victoriana), llegamos a
nuestro destino.
Más o menos, seis taburetes. Más o menos, doce personas. Sí,
me tocó estar de pie, apoyado en la pared, y con poco espacio a mi alrededor.
De momento, la cosa no iba muy bien, tengo que admitir.
Comienza la obra, Llamas.
Una historia dramática con toques humorísticos que van diluyéndose conforme avanza,
tomando cada vez más fuerza la parte dura y trágica. La excelente interpretación
que Antonia Paso —hija del célebre dramaturgo Alfonso Paso— realiza como
protagonista, consigue que en pocos minutos (pues la obra no dura ni un cuarto
de hora) el público se introduzca dentro de su vida: una vida de sombras, con
pequeñas luces que no consiguen alumbrar completamente los recovecos de su
existencia.
Tras escuchar toda mi odisea
os preguntaréis si mereció la pena o no. Para mí, sí. Aunque admito que no para
ir todos los fines de semana.
Para que os hagáis una idea, podríamos decir que el
microteatro es al teatro lo que el relato (o el microcuento) es a la novela.
¿Mejor? ¿Peor? Es cuestión de gustos, claro. Lo mejor es buscar, comparar y, si
encontráis algo mejor… ¡a por ello!
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